Al finalizar este año, es inevitable hacer una pausa y preguntarnos por qué seguimos aquí. No solo en términos jurídicos o procesales, sino en un sentido más profundo: ¿qué estamos defendiendo y para quién?

La respuesta es sencilla, aunque nada fácil de sostener en el tiempo: estamos defendiendo lo que pertenece a Venezuela. No como una abstracción legal, sino como patrimonio de millones de venezolanos que han visto perder casi todo, salvo la esperanza de que algún día el país pueda reconstruirse con dignidad.

CITGO no es un expediente ni una cifra en un libro contable. Es uno de los últimos activos estratégicos que aún pueden servir a una Venezuela futura, llena de sueños.  Defendemos a CITGO porque creemos que habrá un cambio en la conducción política del país y CITGO será vital en ese momento. Defenderla no ha sido un acto de conveniencia, sino de responsabilidad histórica. Y hacerlo en medio de presiones políticas, litigios complejos y campañas de descrédito personal e institucional ha requerido algo más que técnica: ha requerido convicción.

La aparición de PDVSA ad hoc permitió la preparación de una defensa institucional organizada que impidió que ese patrimonio llamado CITGO desapareciera en silencio en el año 2019. Y ha permitido que, luego de 7 años, Venezuela aún esté de pie y no fuera despojada sin siquiera tener voz. Hemos defendido la propiedad, no solo el valor, y hemos sostenido el principio fundamental de que el país tiene derecho a llegar al futuro con algo propio en manos de los venezolanos.

Ha sido un camino largo, imperfecto y, en ocasiones, ingrato. Pero también ha sido un camino que evitó el peor de los escenarios: el de la resignación y el olvido. Este año dejó claro que, aún en condiciones extremas, los venezolanos podemos actuar con seriedad, con reglas y con sentido de país.

También dejó una lección importante: cuando se confunde crítica con destrucción, cuando se personaliza lo que es colectivo o se utiliza el desgaste como arma política, no se castiga a una institución ni a un grupo de personas, por el contrario, se debilita a nuestra Venezuela frente a terceros. Y eso tiene consecuencias reales.

La defensa de CITGO no es una batalla aislada. Es parte de algo más amplio: la afirmación de que Venezuela no renuncia a su derecho a reconstruirse, ni acepta que el despojo generado por el régimen sea normalizado como destino.

El año que comienza será decisivo. No porque prometa soluciones inmediatas, sino porque exigirá madurez, cohesión, sentido de propósito y responsabilidad compartida.

Defender CITGO en 2026 requerirá menos estridencia y más unidad; menos protagonismos y más visión de país. Requerirá cerrar filas en su defensa y entender que cuidar lo que aún es nuestro —incluso en silencio— es una forma de luchar por Venezuela.

Este no es el momento de fracturas internas ni de disputas que solo alimentan el desgaste. Es el momento de actuar con la serenidad de quienes saben que preservar hoy es la única forma de poder reconstruir mañana.

La lucha continúa. Continúa porque aún queda algo que vale la pena defender. Y porque Venezuela merece llegar al futuro con propiedad, con dignidad y con esperanza.

FELIZ AÑO 2026.