Entrevistar a Gustavo Coronel para nuestro Newsletter constituye un privilegio para este medio por su lucidez, conocimientos y ejemplo de vida. Sus respuestas llevan a reflexionar sobre cómo Venezuela debe conducir su industria petrolera, para no repetir los mismos errores y lograr fortalecer la economía del país.
A menudo se debate si la nacionalización del petróleo en 1976 fue la decisión más acertada para el futuro de Venezuela. Desde su perspectiva como miembro de su primera Junta Directiva, y testigo privilegiado de esa época, ¿podría compartirnos su análisis sobre si fue un acierto estratégico o un punto de inflexión con consecuencias no previstas a largo plazo?
Fue una decisión esencialmente política, responde Gustavo Coronel, muy influida por los acontecimientos en el medio Oriente durante la década de 1970, donde una corriente nacionalista había generado un clima favorable a los procesos de nacionalización petrolera. Venezuela tenía alternativas que le hubieran permitido renegociar y extender el sistema de concesiones, en el cual el riesgo financiero del negocio era asumido por las empresas privadas concesionarias y la nación venezolana ya obtenía hasta un 80% de los beneficios de la operación. Sin embargo, el fervor nacionalista decidió el curso de los acontecimientos. Se puede decir que lo que realmente se nacionalizó en Venezuela fue el riesgo financiero de la operación, al tener que asumir el Estado toda la inversión necesaria. No fue un acierto estratégico sino una movida impulsada por la emoción.
Más allá del debate, es innegable que esa decisión impulsó ciertos logros. ¿Qué hitos o avances consideraría usted que beneficiaron tanto a la industria como al país en los años inmediatamente posteriores a la nacionalización?
Una vez tomada la decisión política de nacionalizar -destaca- se llevó a cabo un proceso muy organizado, en el cual el modelo de nacionalización que fue implantado fue muy original, ya que no fue el de una empresa estatal única, figura que ha fracasado en casi todos los países donde existen petroleras del Estado, sino una empresa matriz, Petróleos de Venezuela y tres empresas filiales operadoras, lo cual permitió la comparación de resultados entre ellas y mantuvo razonable competencia entre ellas y altos niveles de eficiencia en el negocio nacionalizado. En los primeros años el sector político respetó la naturaleza comercial y profesional de la industria nacionalizada y ello permitió que se llevaran a cabo exitosos programas de exploración que incrementaron las reservas probadas de petróleo y se cambiaran los patrones de refinación para que las refinerías produjeran más gasolinas y diésel, productos de mayor valor, y menos combustible residual. Durante las décadas de 1980 y 1990 se llevaron a cabo algunas adquisiciones de refinerías en el exterior que garantizaban mercados para el petróleo venezolano, como fue el caso de CITGO en USA y se llevó a cabo un exitoso proceso de asociaciones con empresas privadas para la explotación de campos marginales. Actividades como ésta ayudaron a colocar a PDVSA como una de las cuatro empresas petroleras más importantes del mundo.
PDVSA, nacida de esa nacionalización, se convirtió en un pilar fundamental. En su experiencia personal, ¿podría detallar cuál fue el rol principal de PDVSA en el desarrollo, el progreso y el bienestar de la nación durante sus primeras décadas de gestión?
Creo que el papel principal de PDVSA fue ser, seguir siendo como había sido el caso por largos años, el motor económico de la nación, al proveer mucho del ingreso nacional, ciertamente casi todo el ingreso de divisas. Aunque estos ingresos no siempre fueron bien administrados por la nación, ello no fue culpa de la industria petrolera, la cual suministraba tales ingresos con regularidad, sino culpa de los malos gobiernos.
Un aspecto fascinante del proceso manifiesta Coronel, fue que la nacionalización de la industria petrolera le presentaba a la administración pública que la recibía en su seno la oportunidad de imitar sus buenas costumbres y hábitos gerenciales, su disciplina y pulcritud administrativa. Los gerentes de la industria teníamos la esperanza de que ello fuera así pero no lo fue. Al contrario, se llevó a cabo una invasión de la industria petrolera de los malos hábitos de la administración pública y ello condujo al fracaso del proceso en los tiempos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, cuando la industria petrolera se convirtió en un franco instrumento populista.
Se ha dicho que la PDVSA de la etapa democrática fue un modelo de gestión, operando bajo principios de meritocracia. En su opinión, ¿qué logros gerenciales y operativos destacaría de esa época que la convirtieron en una empresa de referencia a nivel mundial?
Los cinco pilares de buena gerencia sobre los cuales se asentó la industria petrolera nacionalizada y los cuales determinaron su éxito, al menos durante la primera parte de su vida fueron: (1), una gerencia profesional; (2), apoliticismo; (3), meritocracia; (4), autosuficiencia financiera, y (5), normalidad operativa, operación continua. Estos puntos, algunos de los cuales (gerencia profesional, meritocracia y autosuficiencia financiera) eran práctica común al nivel de las concesionarias y otros, diseñados por nosotros durante los primeros momentos de la gestión de la nueva empresa nacionalizada. Estos puntos fueron expuestos al personal y al país de manera repetitiva, como un mantra, martillado en la mente de todos. Fue una estrategia pensada para ir acostumbrando al país a ver a una empresa del Estado operar normalmente, con sentido comercial, sin interferencias políticas o personal “recomendado”. Esto se mantuvo vigente por un largo tiempo, pero el mundo político lo fue erosionando progresivamente hasta llegar al triste desenlace del siglo XXI.
Existe una premisa recurrente de que el Estado, por su naturaleza, no siempre es el mejor administrador de empresas, sin embargo, muchos gobiernos insisten en mantener un control total sobre sectores estratégicos. Desde su punto de vista, ¿por qué cree que persiste esta tendencia, a pesar de la evidencia que sugiere que la gestión privada puede ser más eficiente?
Al responder a esta pregunta Coronel brinda un análisis que permite ahondar en la idiosincrasia del latinoamericano y en particular del venezolano. Creo -dice- que las razones que siguen alimentando esta perniciosa tendencia son varias y no actúan con la misma intensidad en todos nuestros países o en los mismos momentos históricos. Todas son importantes. La primera es histórica y tiene que ver con nuestra herencia colonial. La Corona española era la dueña de todos los recursos minerales y un decreto de Bolívar en este sentido simplemente transmite este concepto de la Corona al Estado que lo remplazaría. La segunda razón es política y se relaciona con el predominio en nuestra región de las ideas marxistas, de desconfianza de la propiedad privada, de planificación centralizada, de ideas muy enraizadas en la mente de muchos lideres políticos de nuestros países, donde ser de izquierda es lo elegante. La tercera razón es cultural, somos países pobres, de gente pobre, que desconfía de los ricos y ve en el Estado la figura paternal que le resolverá sus problemas, aunque sea el Estado el que más le ha robado. Hay todavía una razón adicional, de naturaleza psicológica. En Venezuela y en otros países latinoamericanos la familia carece con frecuencia de una figura paternal, el hombre ha hecho hijos y ha dejado a la mujer sola, que se las arregle como pueda. Muchas de esas familias incompletas remplazan al padre, la figura paternal, con el Estado. Se imponen relaciones de patrón-cliente, de padre-hijo que lleva al Estado a creerse dueño de todo.
El estatismo adquiere en nuestros países una categoría mítica, relacionada con la soberanía, el nacionalismo y los complejos de inferioridad.
Usted ha destacado en sus escritos el talento inigualable que se formó en la industria petrolera venezolana, un verdadero ‘semillero’ de profesionales, técnicos y visionarios. ¿Cómo fue posible que esa cultura de excelencia y meritocracia se mantuviera por tanto tiempo, y qué factores contribuyeron a su éxito?
La nacionalización de las empresas concesionarias en Venezuela encontró equipos técnicos y gerenciales venezolanos en posiciones del más alto nivel, por lo cual esas empresas no necesitaron un proceso de formación y entrenamiento. Ya lo tenían y, además, tenían centros de formación técnica y gerencial que les permitía renovar sus cuadros de manera fluida y organizada. Esto producía un efecto de inercia muy grande, en base al cual las empresas pasaron de ser privadas a ser del Estado sin trauma alguno en su funcionamiento operacional. En paralelo, el mundo político que deseaba ponerle la mano a la industria que generaba tanto dinero no se atrevió por algunos años a hacerlo, porque les parecía algo muy complejo, se sentían intimidados ante la tecnocracia petrolera, de la cual desconfiaban y temían, porque la veían como una raza de extraterrestres. La cultura meritocrática fue respetada por mucho tiempo por el mundo exterior a la industria porque la industria era exitosa y no se atrevían a interferirla. Trágicamente, las primeras señales de ruptura de la meritocracia se generaron desde adentro de la empresa petrolera nacionalizada, cuando algunos miembros del sector petrolero desarrollaron ambiciones políticas. Algunos técnicos se convirtieron en politécnicos.
Debo decir que el grueso de la gente del petróleo nunca se rindió ante los peligros de politización y mediocrización de la industria. Lucharon hasta el final, hasta el día que Hugo Chávez despidió a 23 000 gerentes y técnicos petroleros por televisión, tocando un pito para resaltar cada despido.
El cambio político en 1999 marcó un quiebre. Las mayorías coinciden en que la destitución de miles de profesionales y técnicos y la politización de la industria fueron los primeros pasos hacia su eventual colapso. ¿Cómo evalúa usted el impacto de estas decisiones en la operatividad y el futuro de PDVSA?
Como digo arriba ese día señala el final del experimento nacionalizador serio de la industria petrolera venezolana, reemplazado por una opereta indigna mediante la cual la industria petrolera nacionalizada fue convertida en una empresa llamada “social”, es decir, orientada a proveer a los venezolanos subsidios diversos, dinero, comida y otros beneficios que no eran parte de la actividad medular de la empresa petrolera. Se crearon como filiales unas 35 empresas no petroleras que importaban comida, distribuían comida, criaban búfalos, cultivaban productos alimenticios, fabricaban materiales de construcción, etc. Todas estas filiales eran centros de costo financiados por una actividad petrolera decreciente y progresivamente ineficiente y corrupta. La nómina petrolera pasó de unos 35.000 empleados en 1999 a más de 100.000 empleados directos y otros 10.000 empleados bajo contrato temporal. La producción petrolera que era de 3.2 millones de barriles diarios al llegar Chávez al poder fue bajando para llegar a unos 2.3 millones de barriles diarios en 2010 y a unos 800.000 barriles diarios en 2024. Las refinerías fueron deteriorándose hasta llegar a hoy, cuando operan a un 15-20% de su capacidad instalada. Venezuela, a pesar de poseer inmensas reservas de petróleo, importa hoy miles de barriles diarios de petróleo y productos que requiere para su consumo interno. Lo que hemos visto suceder es un asesinato horroroso de la empresa que suministraba el grueso de los ingresos nacionales y que ahora tiene una deuda externa (que sepamos) de unos $ 50.000 millones, con China, con Chevron, con Rusia, con Japón, con empresas que han ganado demandas como ExxonMobil y Conocophilips, empleados despedidos, etc.
La industria petrolera, que alguna vez fue el motor del país, se encuentra hoy en un estado de ruina. Desde su perspectiva, ¿qué acciones considera que fueron las más dañinas y aceleraron su declive?
Durante sus primeros 25 años de existencia las acciones que iniciaron su declinación, aunque en el momento ello no fuera tan aparente, incluyen: la sustracción en 1983 de su fondo de autofinanciamiento por parte del gobierno central, lo cual la obligo a ir al Congreso a pedir dinero para sus proyectos, lo cual abrió las puertas a la politización de la empresa; el nombramiento del ministro del sector petrolero como presidente de la empresa, en 1983, lo cual fue visto como la entrada de la politización en la designación de los funcionarios de alto nivel en la empresa; la designación de presidentes y vicepresidentes de la empresa que no eran los que estaban en la línea de sucesión meritocrática, en la década de 1990, lo cual fue visto como el fin de la meritocracia en la industria petrolera nacionalizada; la conversión del modelo de tres empresas filiales operadoras y casa matriz en una empresa única, también en la década de 1990, lo cual terminó con el sistema que permitía la comparación de eficiencias.
Luego, en los segundos 25 años, durante la etapa de Hugo Chávez y Nicolas Maduro, la lista de desaciertos y crímenes sería demasiado grande para enumerarlos aquí. Basta decir que la empresa tuvo siete presidentes, la mayoría ineptos y corruptos, quienes eran presidentes de la empresa y ministros del sector al mismo tiempo, lo cual eliminaba la rendición de cuentas porque el supervisado y el supervisor eran la misma persona. En ese clima de total carencia de transparencia floreció la corrupción de manera incontrolada, lo cual ha sido documentado en un libro llamado “Quién destruyo PDVSA”, Amazon Books, editado por el suscrito y un colega. Durante esta etapa, el robo en PDVSA ascendió a unos $300.000 millones, una estimación hecha por uno de los ministros de Chávez. Los principales culpables han sido Rafael Ramírez Carreño, quien fue presidente de esa PDVSA por 10 años y miembros de la Fuerza Armada que han manejado la empresa con ignorancia y deshonestidad.
Finalmente, si se materializa un cambio democrático en Venezuela, ¿qué visión tiene para la industria petrolera? ¿Qué medidas urgentes y de fondo considera que se deberían tomar para rescatar a la industria petrolera y devolverle su rol como motor de desarrollo y prosperidad para la nación?
No tengo dudas de que una futura industria petrolera venezolana deberá tener un modelo en el cual el Estado venezolano no tenga participación operacional y financiera, sino que se limite a establecer las líneas de política petrolera por medio del ministerio del sector energético y de una agencia de regulación y supervisión técnica, legal y financiera de los contratos y asociaciones que la nación venezolana pueda estructurar con el sector petrolero privado nacional e internacional, a fin de asegurase de que todo se está haciendo como debe hacerse. Debe ser el sector privado el que haga las inversiones necesarias, el que opera el campo petrolero o las plantas industriales asociadas y lleve a cabo la comercialización del petróleo venezolano. Ello no representa perdida alguna de soberanía y permite al Estado atender las verdaderas industrias básicas que tiene un país: la educación; la salud, la infraestructura física y la seguridad de sus ciudadanos.
Las opiniones expresadas por Gustavo Coronel son de su autoría y responsabilidad y no reflejan necesariamente la postura o posición de PDVSA Ad Hoc.