Por Horacio Medina, 
Presidente de la Junta Administradora Ad Hoc de PDVSA.

Al cumplirse 50 años de la promulgación de la Ley de Nacionalización de la Industria Petrolera y de la creación de Petróleos de Venezuela, S.A. (PDVSA), resulta oportuno mirar hacia atrás y analizar, sin triunfalismos ni nostalgias, las distintas etapas que marcaron la vida de esta empresa, que fue orgullo nacional y, al mismo tiempo, epicentro de tensiones políticas y sociales. La historia de PDVSA es, en gran medida, también la historia de Venezuela Contemporánea: sus aciertos, sus contradicciones y, finalmente, sus derrotas.

Para escribir nuestra opinión, hemos considerado pertinente dividirla en etapas, según nuestro mejor saber y entender. Veamos.

Etapa 1: Nacionalización vs Estatización, el pecado original (1976)

El 1° de enero de 1976 se proclamó oficialmente la nacionalización de la industria petrolera. Sin embargo, lo ocurrido fue una estatización total: todas las empresas privadas, extranjeras y nacionales, pasaron al control del Estado, representado por el Ministro de Energía y Minas como único accionista. 

En efecto, en ese acto nacionalización fueron estatizadas y convertidas en filiales, además de las trasnacionales, tres (3) empresas que eran venezolanas: Petrolera Mito Juan (Humberto Peñaloza), Petrolera Las Mercedes (Iván Koves) y Talon Petroleum Co. (Rafael Tudela) fueron absorbidas.

De esta manera, PDVSA nace coartando la participación del capital privado nacional que ya había dado pequeños, pero importantes pasos. Participación que habría permitido desarrollar un sector privado importante dentro de la industria de los hidrocarburos. A diferencia de otros países que combinaron nacionalización con inversión privada, en Venezuela se concentró todo en manos del Estado.

Nacionalizar sin estatizar habría derivado en la creación de políticas orientadas a propiciar la actuación de empresas privadas nacionales junto con el acceso de capitales dentro del proceso de crecimiento.

Sin embargo, pensamos que la consecuencia más grave fue la confusión entre Estado y Gobierno: desde 1976, por tanto, cada administración usó la renta petrolera como instrumento político, debilitando la planificación estratégica.

Etapa 2: PDVSA, una empresa de clase mundial (1976–1994)

Ante la expectativa de la nacionalización-estatización las empresas extranjeras redujeron su inversión, de manera que heredamos una industria debilitada, con reservas probadas contabilizadas sobre los 18 mil millones de barriles, importantes pero no suficientes; una capacidad de producción declinante, por falta de inversiones, que llego caer, en los primeros meses, a 1 millón 800 mil barriles por día.

De modo que, los primeros años fueron difíciles: la industria llegaba debilitada, con reservas limitadas y refinerías obsoletas. Tampoco tenía PDVSA una unidad de comercialización para atender los negocios internacionales, ni una unidad integrada de planificación corporativa. A esto se sumaba una marcada falta de unidades de investigación y desarrollo tecnológico para apoyar sus operaciones. 

Sin embargo, con disciplina, inversión y talento, PDVSA se transformó en una de las mejores empresas estatales del mundo.

Se impulsaron campañas de exploración, programas de recuperación secundaria y la modernización de las refinerías primero Amuay 1982 y luego Cardón 1992. En paralelo, PDVSA se expandió internacionalmente con la adquisición de activos de refinación y comercialización en Europa y de activos en EEUU que conocemos con CITGO, se desarrolló el negocio petroquímico y nació INTEVEP, con innovaciones como el Orimulsión (BITOR). También se creó el CIED, para la formación de talento humano.

De modo que, para comienzos de la década de los 90’, PDVSA era una corporación de clase mundial, pero este éxito contrastaba con la realidad venezolana: una sociedad desigual y gobiernos que usaban la renta petrolera para gasto corriente. Surgió desde importantes sectores políticos, la crítica de que la empresa era una “caja negra”, que ¡el petróleo fluye solo¡ o “PDVSA es un Estado dentro del Estado”, “PDVSA es una empresa ajena a los intereses nacionales”. Sin duda, criticas sustentadas más por razones políticas que por falta de transparencia que pretendieron esconder las fallas en las que, distintos Gobiernos, habían incurrido en cuanto a la administración de la renta petrolera y lograron generar en los sectores de clase media, baja y popular, una matriz de opinión de rechazo a PDVSA.

Esa narrativa, sin embargo, caló en sectores sociales que vieron a PDVSA como una élite aislada y algunos años después fueron capitalizadas por Hugo Chávez.

Etapa 3: Tensiones internas y la Apertura Petrolera (1995 -1998)

Con el regreso al poder de Rafael Caldera, en 1994, surgieron tensiones internas. El nombramiento de los vicepresidentes de filiales (Corpoven, Lagoven y Maraven), para la Presidencia y Vicepresidencias de PDVSA, fue visto como una amenaza a la meritocracia.

En ese contexto nació lo que se conoció coloquialmente como Apertura Petrolera, que vino a profundizar y formalizar algunas acciones ya tomadas, como las Rondas de Convenios Operativos. Se trataba, en esa etapa, de poner en práctica la decisión de abrir al capital privado, bajo la propuesta de “Convenios de Exploración a Riesgo bajo el Esquema de Ganancias Compartidas”, las actividades de exploración y producción de PDVSA. Sin duda, una decisión que permitiría acelerar el crecimiento de la producción, recibiendo aporte de recursos financieros, técnicos y gerenciales privados. Además, se dio un paso firme para el desarrollo de la Faja del Orinoco.

En su conjunto amplio la Apertura: Convenios Operativos, Convenios de Exploración a Riesgo bajo el Esquema de Ganancias Compartidas y Asociaciones estratégicas de la Faja, representó una decisión visionaria y necesaria, pero transmitida de forma insuficiente a la Nación. Internamente, también generó divisiones entre quienes defendían la autonomía de PDVSA y quienes temían la pérdida de control nacional.

Hacia finales de 1997, luego de intensos debates internos en reuniones de alta gerencia y aún sin acuerdo consensuado, se tomó la decisión de eliminar la estructura de filiales (Lagoven, Maraven, Corpoven) e integraron en una sola PDVSA. Esa decisión debilitó filtros institucionales y redujo espacios de meritocracia, sembrando resentimiento interno que sería explotado luego por el populismo. Nos quedamos sin saber, a ciencia cierta, si el nuevo esquema habría funcionado o no.

Etapa 4: Historia de una destrucción en 25 años (1999–2025)

Con la llegada de Hugo Chávez comenzó la captura política de PDVSA. Para financiar el “Socialismo del Siglo XXI” era indispensable controlar la renta petrolera y subordinar la empresa al Gobierno.

El punto de quiebre fue a finales de 2002, con el despido de 23.000 trabajadores: un “genocidio laboral” que destruyó el capital humano más valioso de la empresa. La meritocracia que había dado prestigio mundial a PDVSA desapareció.

Desde entonces, la corporación dejó de ser técnica y eficiente para convertirse en brazo financiero y político del Gobierno. Tanto por diseño explícito del régimen como por su negligencia, PDVSA desvirtuó su misión y su gestión, se abandonaron operaciones e investigación, y se desmanteló un modelo de gestión que había tardado décadas en construirse y se preferencian  las relaciones con Rusia y China, en detrimento de la relación con Estados Unidos.

En resumen, la gestión de PDVSA resultó marcada por una profunda incapacidad operativa y reducir la producción por desinversión y falta de mantenimiento. El endeudamiento comprometió producción futura en condiciones lesivas, mientras la descapitalización y el despido sistemático de talento especializado deterioraron la capacidad técnica de la empresa. A ello se sumó la entrega de campos y activos sin aval técnico, negociaciones opacas de activos internacionales, y un cúmulo de demandas por expropiaciones improcedentes. La violación constante de protocolos de seguridad generó múltiples accidentes, mientras el impacto ambiental de derrames masivos nunca fue atendido. Finalmente, la corrupción estructural y el desvío de recursos terminaron por destruir la institucionalidad, la credibilidad y los valores corporativos de la compañía.

Una Reflexión final

La historia de PDVSA refleja tensiones no resueltas de Venezuela: la pugna entre Estado y mercado, la fragilidad institucional y la incapacidad de separar lo político de lo técnico. En sus mejores momentos fue sinónimo de excelencia; en los peores, de destrucción institucional.

Lo ocurrido fue resultado de decisiones históricas: la estatización total de 1976, la falta de integración con la sociedad en los años de auge, el debilitamiento interno de los 90 y, finalmente, la captura política bajo Chávez.

De cara al futuro

A 50 años de la creación de PDVSA, el reto no es reconstruir lo que fue, sino diseñar un nuevo modelo energético para Venezuela. Pensar en “recuperar a PDVSA” es caer en la nostalgia: la empresa que conocimos es irrecuperable e irrepetible. Lo posible y necesario es avanzar hacia una estructura moderna, competitiva y abierta al cambio. Sin embargo, al principio de los tiempos de transición, esa PDVSA será herramienta e instrumento para iniciar el difícil camino hacia el futuro. 

Tengamos presente que el punto de partida debe ser un Estado rector, no interventor, con un marco legal claro y un régimen fiscal flexible que facilite nuevas inversiones. Un Ministerio de Energía moderno, que trace políticas, fomente investigación y actúe en el ámbito internacional que, acompañado de una Agencia Nacional de Energía sólida y autónoma, puede garantizar estabilidad y continuidad institucional.

El futuro exige una apertura urgente al capital privado nacional e internacional, así como la diversificación de negocios en gas, petroquímica y química nacional. También será esencial construir relaciones transparentes con los actores políticos, sindicatos y organizaciones civiles, apostando por el entendimiento y la legitimación de liderazgos.

De igual modo, el país debe fomentar desde las escuelas y hacia toda la ciudadanía una cultura energética integral, que abarque tanto los hidrocarburos como las energías alternas. La innovación, la ciencia y la formación de talento humano deben convertirse en pilares estratégicos.

Venezuela deberá apoyarse en su industria de hidrocarburos para crecer en el corto plazo. Pero será, igualmente imprescindible impulsar negocios alternos y complementarios que aseguren sostenibilidad a largo plazo. 

Sin duda, también requerirá una renovación política y ciudadana, capaz de acompañar los cambios que demandan los nuevos tiempos. Ciudadanos formados que se ocupen de ejercer la ciudadanía e involucrarse en la política, cumplir y hacer cumplir el Marco Constitucional y el Marco Legal.