En medio de una crisis que ha golpeado con fuerza la economía, la institucionalidad y la capacidad productiva del país, resulta impostergable repensar el rol de nuestros centros de investigación y desarrollo tecnológico y de las universidades. Venezuela no podrá levantarse si no fortalece el andamiaje del conocimiento.  La restitución de sectores estratégicos como la industria petrolera, petroquímica y gasífera, así como del aparato productivo agrícola, ganadero e industrial, no será posible sin ciencia, sin innovación tecnológica, sin talento humano comprometido y formado con visión de futuro. Hoy, más que nunca, necesitamos rescatar el valor del conocimiento y experiencia cómo motor para construir la nación que merecemos.

Sin embargo, lo que debería ser el corazón palpitante del desarrollo de una nación, la ciencia y la tecnología, ha sido sistemáticamente desmantelado. Dos instituciones que alguna vez llenaron de orgullo al país por su excelencia y su capacidad de generar conocimiento profundo y transformador hoy yacen abandonadas, reducidas a sombras de lo que fueron, puestas al servicio de intereses políticos y no del bien de la nación. El Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), cuna del saber en múltiples disciplinas, y el Instituto Tecnológico Venezolano del Petróleo (PDVSA-Intevep), artífice de avances tecnológicos fundamentales para nuestra industria petrolera y petroquímica, han sido desvirtuados, despojados de su misión y de su gente talentosa. En sus pasillos, donde antes se forjaba el futuro de la nación, hoy reina el silencio del abandono y la huella visible de la politización.

El caso de PDVSA-Intevep es particularmente crítico y doloroso. El despido de personal altamente calificado y la fuga masiva de talentos han sido golpes devastadores para una institución que, durante décadas, representó lo mejor de la innovación tecnológica al servicio del país.

Fundado en 1976 con el impulso de un destacado grupo de científicos del IVIC, PDVSA-Intevep nació como el brazo de investigación y desarrollo de Petróleos de Venezuela (PDVSA) y rápidamente se consolidó como un referente a nivel mundial en innovación energética de alto nivel. Desde sus laboratorios se desarrollaron procesos, catalizadores y tecnologías aplicadas a la exploración y producción de crudos convencionales y pesados, así como a la refinación, la petroquímica y el aprovechamiento del gas natural. PDVSA-Intevep también se destacó por su capacidad técnica en la caracterización de crudos pesados y extrapesados, el desarrollo de aditivos, recubrimientos y herramientas fundamentales para las operaciones de la industria petrolera nacional. Muchas de estas innovaciones, registradas como propiedad intelectual de PDVSA, no solo fortalecieron la soberanía tecnológica del país, sino que también generaron ingresos mediante licencias a nivel internacional.

Tecnologías estratégicas que marcaron un hito en la industria petrolera venezolana y que consolidaron a PDVSA-Intevep como un centro de referencia internacional, fueron concebidas y desarrolladas en sus instalaciones de El Tambor, en la ciudad de Los Teques. Entre ellas destacan la Orimulsión, tecnología de punta desarrollada para extraer y aprovechar crudos pesados y extrapesados y utilizados como combustible en plantas termoeléctricas; el sistema de flujo anular, que permitió el transporte eficiente de Orimulsión por tuberías; y los procesos de conversión catalítica profunda y mejoramiento de crudos pesados, como el INT-HDH y la Aquo-conversion. También nacieron allí procesos para tratar fracciones residuales, como el INT-HHC en combustibles Diesel de ultra-bajo azufre, y tecnologías de transformación de gas natural en combustibles limpios y ceras, como DISOL. A esto se suman avances relevantes en exploración y producción, que consolidaron la capacidad tecnológica del país en toda la cadena de valor de los hidrocarburos.

Durante el auge de PDVSA, PDVSA-Intevep no solo contaba con el músculo técnico necesario para dar respuesta a los desafíos operativos de las distintas filiales, sino que también desempeñaba un papel clave en la formulación de políticas tecnológicas y en la formación de talento calificado.

Ese esfuerzo se complementaba con otra institución fundamental: el Centro Internacional de Educación y Desarrollo (PDVSA-CIED), concebido para la formación integral del capital humano en todos los niveles de la industria petrolera, desde áreas gerenciales y técnicas hasta oficios especializados y actividades de desarrollo artesanal. En sus aulas, profesionales altamente calificados de PDVSA-Intevep compartían conocimientos con profesores universitarios e instructores de empresas internacionales, impartiendo cursos de adiestramiento y programas de postgrado que integraban ciencia, tecnología y formación práctica. Juntos, creaban una comunidad académica y técnica comprometida con el progreso de la industria y el país.

Hoy, tanto PDVSA-Intevep como las instalaciones de PDVSA-CIED han sido desmanteladas y desvirtuadas, ocupadas para fines ajenos a su naturaleza técnica y formativa. Espacios que alguna vez fueron centros de excelencia para la investigación y la capacitación del talento petrolero, han sido convertidos en sedes de misiones sociales y plataformas de propaganda partidista.

La meritocracia fue desplazada por el clientelismo, y la investigación rigurosa, por la ideologización. Laboratorios antes activos permanecen paralizados; los programas de formación han sido cancelados por la falta de presupuesto y personal especializado. El talento que alguna vez brilló en estas instituciones fue despedido o empujado al exilio, y hoy muchos de esos profesionales contribuyen con su conocimiento en empresas petroleras, universidades y centros de investigación en el exterior —un capital humano que el país formó y perdió por negligencia, abandono y desprecio al conocimiento.

El IVIC, fundado en 1959, ha sido históricamente uno de los centros de ciencia básica más importantes de América Latina. De sus laboratorios surgieron desarrollos pioneros en biomedicina, física, química, microbiología, matemáticas y otras disciplinas. Fue también semillero de generaciones de científicos que se destacaron tanto en Venezuela como en el exterior.

Esa visión de la ciencia como bien público y estratégico fue reemplazada por un discurso ideológico que despreció la investigación “no productiva”, desfinanció laboratorios, y degradó las condiciones laborales del personal científico. La fuga de cerebros fue masiva. Hoy, muchos de sus laboratorios están inactivos, las líneas de investigación desmanteladas y los pocos proyectos que sobreviven dependen de colaboraciones internacionales puntuales y del esfuerzo individual de quienes aún resisten dentro del país.

Las universidades públicas venezolanas, como la UCV, LUZ, USB, UDO, UC o la ULA, han sido víctimas de una política sistemática de estrangulamiento presupuestario, que busca socavar su autonomía y reducir su impacto social. Con salarios de miseria, infraestructura colapsada, sin presupuesto operativo ni insumos, la investigación universitaria se ha vuelto una tarea casi heroica.

Pero no todo está perdido a pesar del abandono, Venezuela sigue contando con una reserva moral, intelectual y científica de enorme valor: profesionales que se han mantenido firmes, tanto dentro como fuera del país, convencidos de que el conocimiento es la única vía posible hacia la renovación.

Venezuela necesita con urgencia reestablecer su tejido científico-tecnológico. No se trata de un lujo, sino de una condición indispensable para recuperar su sector productivo, diversificar su economía y enfrentar desafíos como la transición energética, la seguridad alimentaria y la salud pública. Ello exige repensar el rol del nuevo Estado como promotor de la ciencia y la tecnología, garantizar la autonomía institucional, restablecer la meritocracia, y canalizar recursos hacia áreas estratégicas con impacto económico y social. Centros como PDVSA-Intevep y PDVSA-CIED deben ser renovados y reintegrados a su función original: servir a la industria nacional con conocimiento avanzado y formar al talento humano que será motor de su recuperación. Asimismo, el IVIC y las universidades deben retomar su papel como generadores de conocimiento interdisciplinario, crítico y de largo plazo.

Los países no se construyen con discursos ni con recursos naturales solamente. Se construyen con instituciones sólidas, visión estratégica y talento humano. La buena noticia es que Venezuela aún cuenta con una reserva moral e intelectual —dentro y fuera de sus fronteras— que no ha renunciado a su país y está dispuesta a volver a poner su conocimiento al servicio del bien común. Solo necesitamos abrir el camino, tender los puentes y devolverle a la ciencia y a la educación el lugar central que nunca debieron perder. Porque sin ellas no hay futuro, pero con ellas, todo es posible.