Por: María Elena Garassini
Hablar de la transición democrática en Venezuela suele remitir, de forma casi automática, a los desafíos políticos, económicos e institucionales que implicará ese proceso. Sin embargo, existe una dimensión igualmente decisiva —aunque menos visible— que de la misma forma condicionará la posibilidad real de recuperación del país: la dimensión psicológica y emocional de la sociedad venezolana.
Después de más de dos décadas de crisis sostenida, incertidumbre prolongada y deterioro de las condiciones de vida, los venezolanos no solo enfrentarán el reto de reconstruir instituciones y reactivar la economía, sino también el desafío de transitar emocionalmente desde la supervivencia hacia la reconstrucción, tanto a nivel individual como colectivo.
Desde la psicología social, este proceso implica comprender el estado emocional actual del país, identificar los efectos psicosociales de un estado de crisis prolongada que como sociedad nos hemos visto obligados a atravesar, y anticipar los desafíos que surgirán en un eventual escenario de cambio democrático.
Un país resiliente, pero emocionalmente sobrecargado
Históricamente, la identidad emocional del venezolano ha estado marcada por rasgos positivos como el optimismo, la alegría, la sociabilidad, la solidaridad y una notable capacidad de resiliencia frente a la adversidad.
No obstante, investigaciones académicas recientes desarrolladas desde diversas universidades del país sugieren que, aunque estas características siguen estando mayoritariamente presentes en la población, hoy en día conviven con un aumento significativo de emociones negativas. Por ejemplo, el estudio Psico-Data 2024, de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), muestra que emociones como el miedo, el enojo, la tristeza, el malestar emocional y la ansiedad, están hoy mucho más presentes en la vida cotidiana de los venezolanos.
Este fenómeno no implica una pérdida de identidad emocional, sino una sobrecarga afectiva, producto de años de incertidumbre, dificultades económicas y rupturas vitales profundas. De hecho, uno de los factores de mayor peso en este proceso ha sido el duelo migratorio al que se han visto empujados millones de venezolanos: familias fragmentadas, vínculos interrumpidos y proyectos de vida suspendidos han dejado una huella emocional colectiva difícil de ignorar.
A ello se suma el desgaste asociado a la lucha diaria por cubrir necesidades básicas, lo que ha reducido la energía psíquica disponible para la vida social, el disfrute y la participación comunitaria. Muchas personas han optado, de manera adaptativa, por replegarse hacia lo inmediato, limitando sus expectativas y reduciendo su exposición emocional para auto-protegerse.
Hay dos fenómenos psicológicos que resaltan de manera particular dentro de la complejidad del caso venezolano.
Por un lado, la indefensión aprendida: un concepto ampliamente estudiado por el psicólogo Martin Seligman, que se manifiesta cuando los esfuerzos individuales no generan resultados previsibles. Cuando planificar, esforzarse o participar no produce cambios significativos en la realidad cotidiana, las personas tienden a desistir. Se conserva la energía mental para resolver lo urgente, pero se abandona la planificación, la organización y la proyección a largo plazo. Este estado favorece la pasividad, el aislamiento y la reducción de la iniciativa personal y colectiva.
Por otro lado, el venezolano también ha experimentado la erosión de la confianza como un fenómeno psicológico colectivo. Tradicionalmente, Venezuela había sido una sociedad con niveles de confianza relativamente altos, tanto en lo interpersonal como en lo institucional. En contraste, hoy predomina entre los venezolanos una desconfianza generalizada hacia las instituciones y hacia los otros (Psico-Data 2024, UCAB).
Esta desconfianza limita la cooperación, fragmenta el tejido social y dificulta cualquier proceso de reconstrucción democrática, que necesariamente requiere acuerdos, participación y corresponsabilidad.
El desafío de la transición: De la supervivencia a la reconstrucción
Una transición democrática no implica únicamente un cambio político; supone también un cambio psicológico profundo. La sociedad debe pasar del modo supervivencia —centrado en resistir y adaptarse— al modo reconstrucción, que exige planificación, responsabilidad, cooperación y visión de futuro.
En este contexto, las investigaciones señalan un elemento clave del bienestar psicológico del venezolano: su capacidad de asociarse, agruparse y construir sentido de pertenencia. La familia ampliada, las organizaciones comunitarias, las asociaciones educativas, deportivas y culturales han sido históricamente espacios de contención emocional y ascenso social en el país.
Reactivar estos espacios será fundamental para reducir emociones negativas como el miedo, la tristeza y el enojo, para reconstruir la confianza interpersonal y combatir la soledad y el aislamiento. Resolver problemas en colectivo no sólo es eficaz desde el punto de vista práctico, sino también terapéutico desde el punto de vista psicológico.
La reconstrucción también exige seguridad económica real. El trabajo digno, bien remunerado y socialmente reconocido es una de las principales fuentes de autoestima, sentido de eficacia y confianza en el futuro, rasgos que serán fundamentales para poder superar los patrones de indefensión aprendida y desconfianza generalizada que hoy afectan el bienestar psíquico y emocional de muchos venezolanos. Sin oportunidades económicas, cualquier expectativa de estabilidad emocional se verá severamente limitada.
Por otra parte, la esperanza también se destaca como una fortaleza psicológica central en los procesos de cambio social como el que podría vivir Venezuela. En la psicología positiva, la esperanza se define como un rasgo del carácter ligado al autoconocimiento y la trascendencia, pero es fundamental diferenciar la esperanza realista de la ilusión mística o la confianza infundada.
La esperanza realista se construye cuando las personas pueden vincular su esfuerzo con resultados concretos. Cuando existe una relación clara entre expectativas, capacidades propias, acciones y consecuencias, se fortalece la autoestima, la autoconfianza y la percepción de control sobre la propia vida, y a su vez hay también mayor confianza en los otros y en el entorno.
Por el contrario, una esperanza desconectada de la realidad —basada únicamente en deseos o promesas abstractas— termina erosionando la confianza y profundizando la frustración.
En una transición democrática, generar condiciones para que los ciudadanos experimenten avances tangibles que les permitan reforzar su autoestima y recuperar la confianza en sus habilidades y las de los demás, será tan importante como los cambios institucionales en sí mismos.
Competencias emocionales para una nueva etapa
Las investigaciones coinciden en que los venezolanos cuentan con altos niveles de resiliencia. No obstante, esa fortaleza debe complementarse con otras competencias emocionales clave que se deben fortalecer:
- Confianza, tanto interpersonal como institucional.
- Responsabilidad, entendida como la disposición a cumplir normas y asumir consecuencias.
- Tolerancia a la frustración y perseverancia, para enfrentar errores y procesos graduales y prolongados en el tiempo.
- Autoestima sólida, basada en el reconocimiento de capacidades reales.
- Capacidad de cooperación, reconociendo la interdependencia social para buscar activamente mecanismos de colaboración con los otros.
Adicionalmente, la capacidad del venezolano de agruparse y asociarse también será un elemento fundamental en la transición, porque se trata de un rasgo muy ligado a nuestra identidad colectiva, a nuestro sentido de vida y de pertenencia. Es vital reconstruir el tejido social: volver a fortalecer las organizaciones sociales, vecinales y gremiales, y promover el trabajo colaborativo y la ayuda mutua.
La asociación no solo resuelve problemas prácticos, sino que también contrarresta el miedo, la tristeza, la pasividad y el aislamiento. La participación activa, el creer en los grupos y el dejarse ayudar, serán pasos fundamentales para mantener y mejorar la salud mental colectiva en la Venezuela del futuro.
El papel de la diáspora y la juventud
Para los venezolanos en el exterior, la posibilidad de un país en condiciones de recibirlos de vuelta tiene un profundo impacto psicológico. En muchos casos, el regreso representa la posibilidad de cerrar el duelo migratorio, reconstruir la identidad y recuperar el sentido de pertenencia.
El deseo de retornar depende de múltiples factores: edad, nivel de integración en el país de acogida, vínculos familiares y oportunidades de desarrollo. Pero, para quienes no han logrado integrarse plenamente y todavía enfrentan desafíos importantes en el exterior, la reconstrucción del país puede significar una oportunidad de reparación emocional profunda.
Los jóvenes, por su parte, también están llamados a asumir un rol protagónico en la transición, y para ello deberán revisar sus historias personales, para muchos el reto será trabajar la impulsividad, generar confianza en sí mismos y en sus entornos, abrirse al diálogo intergeneracional y desarrollar habilidades solidarias que trasciendan su propio círculo social.
En ese sentido, un foco especial de atención para la población joven en edades productivas deberá dirigirse a los adultos mayores, muchos de los cuales hoy enfrentan una profunda soledad, producto del fenómeno migratorio, y condiciones económicas muy complejas. La reunificación familiar de los adultos mayores con sus familiares que retornen al país, así como la atención a las personas mayores que se encuentren solas, serán prioridades de salud mental en el contexto de la transición en Venezuela.
En suma, la recuperación de Venezuela demanda de todos los venezolanos no solo nuestra participación activa y colectiva, sino también la comprensión profunda de que el desarrollo de las habilidades personales debe ir de la mano del compromiso con el bienestar común: entender que nuestro aporte no puede buscar sólo la prosperidad individual, sino la mejora del país en su totalidad.
La reconstrucción de Venezuela no empezará el día que se produzca el cambio político; comienza hoy, en la manera en que los ciudadanos trabajan sus emociones, fortalecen la confianza y recuperan la capacidad de proyectarse en el tiempo.
Resiliencia, solidaridad, optimismo y alegría siguen siendo parte del capital psicológico del país. Poner esas fortalezas al servicio de la reconstrucción será tan decisivo como cualquier reforma estructural, al igual que buscar mecanismos para crear oportunidades laborales dignas y fomentar la actividad gregaria y colaborativa.
Recuperar la confianza —en nosotros mismos, en los demás y en las instituciones— es, en última instancia, el andamiaje psicológico indispensable para construir una Venezuela próspera y sana, donde la participación y la ayuda mutua serán las bases de la nueva democracia.